

Hace poco, un empresario me platicó que había decidido nombrar a su hijo mayor como director general de su negocio familiar. Sin interrogar, escuché atentamente mientras me contaba los detalles de esta gratificante decisión y concluyó con la frase: “ya se lo ganó”. Asentí, reconociendo el mérito detrás de esa afirmación.
Continuó explicándome que, a pesar de que su hijo había pasado por momentos complicados en el pasado, recientemente había demostrado un cambio positivo significativo. Según él, el momento había llegado para asumir mayores responsabilidades en la dirección del negocio familiar.
Esta conversación me llevó a reflexionar profundamente sobre la importancia de los procesos de sucesión en las empresas familiares. Asumir un rol directivo en un negocio que ha sido parte de la familia durante tanto tiempo es una decisión trascendental. En mi opinión, dicha transición debe basarse en las capacidades de cada individuo para liderar, en lugar de en simples consideraciones o conductas externas que no se vinculan al desempeño profesional.
El verdadero propósito de incorporar a un familiar en un puesto de alta responsabilidad debe ser la preservación tanto de la integridad y el legado familiar como del éxito y la continuidad de la organización. Otorgar cargos como “premios” a conductas meramente familiares envía un mensaje equivocado. Si un familiar carece de las competencias necesarias para gestionar eficientemente la empresa, utilizar un puesto directivo como recompensa puede poner en riesgo el futuro de la organización.
Invito a los líderes y gestores de empresas familiares a considerar cuidadosamente este equilibrio. El éxito y la continuidad del negocio no dependen únicamente de los lazos sanguíneos, sino de la capacidad comprobada de los individuos para conducir la empresa hacia un futuro próspero y sostenible.