

En general, existe una gran confusión entre ser bueno y no ser exigente. Muchas veces se escucha: “Es bueno porque no es exigente” o “Es malo porque es exigente”. Sin embargo, creo que estas afirmaciones reflejan una ligera discrepancia en los conceptos.
Desde mi perspectiva, los líderes que realmente han marcado mi vida han sido los más exigentes. No eran malos, simplemente eran claros, definidos y determinados en lo que buscaban. Hoy en día, parece que a veces nos da miedo exigir por temor a ser percibidos como malos, pero debemos aprender a distinguir lo que realmente proyecta cada uno de estos comportamientos.
Las organizaciones más exitosas de la historia han tenido líderes tremendamente exigentes y enfocados en el rumbo de sus empresas. Algunos han sido buenos, otros malos, porque no todo líder exigente es necesariamente un buen líder. El punto clave es que, como líderes organizacionales, estamos llamados a dar resultados, y para lograrlo es indispensable ser exigente y bueno a la vez.
¡Claro que esto implica mucho más que solo ser exigente! Somos también formadores de personas. Pero una cosa debe quedar clara: ser bueno no significa evitar exigir lo necesario. Creer que ser permisivo conlleva bondad es un gran error. Ser bueno no es ser mediocre, y esta confusión es demasiado común.
Debemos aprender a diferenciar y a exigir de manera educada y madura a nuestros equipos. Esto les permitirá proyectarse hacia el éxito que todos deseamos. No podemos ser tolerantes con la mediocridad, la informalidad o la falta de compromiso bajo la idea errónea de que eso nos hace buenos. En realidad, esa actitud nos hace permisivos con valores que no contribuyen ni a las personas ni a nosotros mismos.
Por lo tanto, ser un buen líder requiere equilibrio: ser claro, definido y exigente, pero también formador, justo y humano. Solo así podemos crear entornos de trabajo donde el crecimiento y el éxito sean una constante, tanto para nuestros equipos como para nuestras organizaciones.